Hay momentos en los que una circunstancia personal, familiar o laboral obliga a cambiar de golpe todo lo que tenías previsto para ese día, esa semana o incluso durante más tiempo. Puede pasarle a cualquiera. De repente, aquello que tenías organizado tiene que esperar porque la vida ha puesto delante algo que requiere toda tu atención.
A veces hablamos de la oposición como si durante unos meses o unos años pudiéramos poner el resto de la vida en pausa. Pero no funciona así. Mientras opositas, la vida sigue sucediendo. Hay momentos buenos y también llegan otros que no esperabas, que te descolocan y que, durante un tiempo, cambian por completo tus prioridades.
Y cuando llega uno de esos momentos, mantenerse fuerte no significa hacer como si nada hubiera pasado. Hay días en los que toca parar, atender lo importante, asumir lo que estás viviendo y darte el tiempo que necesitas.
Resurgir viene después. Poco a poco. Cuando vuelves a levantarte, recuperas tus rutinas y continúas con aquello que sigue siendo importante para ti.
Eso también forma parte de la constancia. No estar siempre al cien por cien, sino saber regresar cuando la vida te ha obligado a detenerte.
Por eso, si alguna vez vuestra preparación se cruza con una etapa especialmente difícil, no penséis que todo el trabajo anterior ha desaparecido. Atended lo que tengáis que atender. Cuidaos. Y cuando podáis, volved.
Porque opositar también es aprender a seguir construyendo tu futuro mientras atraviesas una vida que, para bien y para mal, nunca se detiene.
¡Buen estudio!
